La Biblia Dice

La Biblia Dice

Amarse los Unos a los Otros

6 Mar 2010 at 11:00pm

Fotografía: Dreamstime

“Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros” (Juan 13:34).

“¡Ámense los unos a los otros!” Les grité a mis amigas que discutían acerca de qué cuarto del internado estaba más limpio, lanzándose insultos juguetones entre ellas. Me miraron inquisitivamente mientras sonreían; habían escuchado esa frase antes. No habían pasado tantos días sin escucharme decir mi frase “lema”, la que digo fuerte y a menudo, y jamás me olvido de recordarles que se “amen unas a otras”. La conversación siguió por un rato y nos acercamos a un tema que no me gusta y que se refiere a alguien que no me agrada, particularmente. Murmuré un comentario que todos en el cuarto parecieron escuchar. “Ámense los unos a los otros,” dijo bajito una de mis amigas, y quedé desconcertada.

Cuando nos ordenó que nos amáramos los unos a los otros, Jesús también nos dio un martillo y nos pidió que derribáramos la Muralla China. “Toma, hazte cargo,” y lo dijo como si nada, como si fuera la cosa más fácil del mundo. No lo hizo; ni siquiera de broma. Amar a nuestros seres queridos es fácil, obviamente; ¿pero qué de aquellas personas que nos frustran? Hablo de las personas en las cuales no encontramos ninguna razón para amar. Me refiero a la gente que nos ha herido en el pasado y que, tal vez, continúan hiriéndonos en el presente. Amarlos e, incluso, intentarlo, puede ser imposible.

Amar sin Razón

Así como un martillo no puede derrumbar una estructura fuertemente construida, así también los humanos no podemos amar de la forma perfecta como nos ama Cristo. Cristo no tiene una razón para amarnos, excepto que lo hace. Lo herimos cada día cuando pecamos, cuando nos olvidamos de orar, y Él sigue amándonos incondicionalmente. Nos resentimos cuando una amiga no nos agradece el pequeño favor que le hicimos; Jesús murió por nosotros y nos amará, incluso, si decidimos no hablar con Él.

Pero Cristo, en su misericordia eterna, no nos da un martillo, sino que nos dice: “Mírame, yo te enseñaré”. ¿Qué mejor ejemplo de amor, que el Amor mismo? Y se pone aún mejor, porque al mirarlo a Él –al hacerlo de verdad– llegamos a ser como Jesús (2 Corintios 3:18). Con Cristo en nuestros corazones, amarnos los unos a los otros puede ser posible. Con su poder en nosotros, la Gran Muralla China se derrumbará. El amor de Dios es más fuerte que cualquier cosa que se haya construido, incluído nuestro resentimiento.

Con un poquito de paciencia y mucha oración, podemos llegar a “amarnos los unos a los otros.”

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Por Raquel Levy. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.

Gracia Maravillosa

4 Mar 2010 at 4:22pm

Foto: Terrance Emerson

Todo sucedió hace muchos años en un pequeño pueblo llamado Granger, en Washington. Nunca lo he olvidado. Era un evento semanal que se llevaba a cabo durante los meses del verano. Un grupo de chicos –incluído yo mismo–, acorralaba a un potrillo salvaje de las estribaciones circundantes. Lo llevaríamos a un corral en las afueras de la ciudad y trataríamos de cabalgar el potrillo sin ser enviados al suelo.

Un domingo, llevamos a un potrillo salvaje hasta el lugar acordado. Necesitábamos una silla de montar, así que les mencioné que mi vecino acababa de comprar una y que tal vez nos la prestaría. Comencé a dirigirme hacia la casa de Joe, que estaba a un par de cuadras de distancia. Me saludó con la cabeza y volvió con su hermosa silla de motar, colocándola a mis pies.

Me eché la silla al hombro y caminé orgullosamente de vuelta hacia donde me esperaban mis amigos. La pusimos sobre el lomo del reacio potrillo. Ahí fue cuando las cosas comenzaron a ponerse terriblemente mal.

El animal comenzó a trotar enloquecido alrededor del lugar mientras corríamos para todos lados. El potrillo finalmente terminó apretado a las astas de madera. Alguien le quitó la silla y la dejó caer tímidamente a mis pies. Siempre recordaré aquel lugar. La que una vez fue una silla de montar hermosa no era sino un montón de pedacitos de cuero, rota y dañada en forma irreparable.

Me arrodillé ante ella –orgullo y gozo de Joe–, sabiendo que tendría que tocar nuevamente a su puerta. Arrastré de mala gana la silla detrás de mí y pronto estuve parado ante la temida puerta. Cuando Joe apareció, hubo un largo silencio. Ninguno de los dos habló. Su expresión no cambió mientras observaba la escena. Finalmente, dejé escapar mi lamento: “Lo siento, Joe…”  Se agachó, cogió su “silla” y la empujó hacia adentro. Justo antes de cerrar la puerta, me dijo en su tono de voz calmado y apacible: “Está bien, David. Está bien.” ¡No podía creer lo que acababa de ocurrirme!

Mi Vida, una Silla Rota

Fue años después cuando comencé a reexaminar las afirmaciones de Cristo que recordé nuevamente este acontecimiento. Cuando acepté a Jesús como mi Salvador personal, mi vida lucía como aquella silla rota. Todo lo que podía ofrecerle a Él, era: “Lo siento.” ¡Y sucedió algo increíble! Me dijo: “Está bien. Yo puedo reparar todo lo roto que hay en ti.”

¿Cuántas veces he puesto ante los  pies de Jesús mi desordenada vida y Él siempre ha respondido de la misma forma? Él nunca me ha dicho: “Suficiente. No dejes a mis pies más basura inservible. Has tenido demasiadas oportunidades.”

El asunto es que siempre podrá tocar a la puerta de Cristo y Él siempre aparecerá frente a usted. No tema golpear. A Él le encanta abrir la puerta, sin importarle las cosas inservibles que usted ponga ante Sus pies. De eso se trata el Calvario.

“Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

¿Es Su gracia algo maravilloso? Usted decide.

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Por David Snyder. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.

Mire a lo Alto, Levántese

24 Feb 2010 at 11:00pm

Fotografía: Inna Paladii

Ally tiene dieciocho meses y ama la vida. Rodeada de personas que siempre están dispuestas a leerle un nuevo libro o a compartir alguna nueva experiencia, ella las atesora todas.

Una de las nuevas aventuras que experimentó Ally durante una reunión familiar, fue el ser integrada a la familia perruna de Henry y Lucy. Aunque estaba intrigada a sus peludos amigos y rápidamente los identificó con repetitivos cantos para “perritos”, se sentía un poquito nerviosa cada vez que corrían detrás de ella. En esas ocasiones ella corría hacia uno de los padres, levantaba sus bracitos, y decía: “¡Arriba!” Naturalmente, enseguida era alzada en brazos. Observando a los perros desde los brazos de su protector, Ally sonreía, segura.

Seguros en los Familiares Brazos

Arriba. Es una palabra sencilla, pero contiene demasiado poder. Cuando usted piensa en ella, esa palabra es poderosa para todos nosotros. No importa qué gigante nos toque enfrentar, siempre podremos levantar nuestros brazos hacia el Padre celestial, y decir: “¡Levántame!” Sabremos que entonces seremos alzados en los seguros y familiares brazos de Aquel que comprobó estar allí para nosotros en innumerables ocasiones.

Ally sabía dónde ir para pedir ayuda, y no tenía dudas de que sería levantada en brazos luego de pedirlo con una palabra tan pequeñita. Sus padres sabían exactamente lo que ella deseaba, y la bebita había aprendido por experiencia que siempre podría contar con ellos, no importa lo que fuera. Ya se tratara de una rodilla raspada o de un juego con los perritos, sus padres estarían allí para ayudarla.

Nosotros podemos tener la misma certeza. Lucas 21:28 nos habla de mirar hacia lo alto al ver cómo se desarrollan las señales del fin de este mundo. “Cuando comiencen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su redención”. Al mirar hacia arriba, seremos elevados. Hacia arriba, hacia los seguros y eternos brazos de Jesús.

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Por Gwen Scott Simmons. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL © 1999.

Viendo la Verdad

20 Feb 2010 at 11:00pm

Fotografía: Studiomill

No podía ver muy bien. Mi optometrista había dilatado mis pupilas para conseguir una mejor visión del fondo de los globos oculares. Es un procedimiento común. Pero con mis pupilas dilatadas es difícil ver claramente, aún con las gafas plásticas que ellos entregan y que debemos usar por unas horas hasta que los ojos regresen a la normalidad. Manejé mi carro para la cita, asi que tuve que hacerlo en forma muy cuidadosa para volver a mi hogar. Lo hice bizqueando, pero logré llegar sin peligro. Deseaba ver claro enseguida, pero debía esperar.

Después de un rato estaba arrodillado pidiéndole a Dios que hablara a mi corazón. Me convencí de ello al leer este pasaje bíblico, que dice:  “Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno” (Salmos 139:23, 24). Deseaba ver lo eterno más claramente, asi que le pedí a Dios que examinara mi corazón y me revelara aquello ofensivo que debía ser tratado. Y esperé… y esperé… y esperé. No escuché a Dios compartir nada conmigo. ¡Yo esperaba escucharlo hablar a mi corazón en ese momento! Me sentí un tanto defraudado, no porque me gustara descubrir cosas pecaminosas ocultas en mi corazón.

Más tarde aquel día, mientras hablaba con un miembro de la familia, le hablé de forma hiriente y me lo hizo ver. Había estado rogando a Dios que me ayudara a crecer y a relacionarme con esta persona y pensé que había progresado. Pero ese encuentro pinchó la burbuja. Me desalenté.

Debía Esperar

A la mañana siguiente durante mis momentos de quietud, Dios habló a mi corazón. El Señor me reveló que no podía ver lo que debía ser visto en el momento en que se lo pedí. Debía esperar. La búsqueda y las pruebas de Dios no siempre suceden en mis momentos de reflexión. A veces es durante la diaria rutina de la vida.

Había orado: “Examíname, oh Dios,” y el Señor lo hizo. Pero no me reveló lo que necesitaba ver porque yo no estaba listo. El Señor me reveló algunas cosas ocultas en mi vida. Cuando fue el momento oportuno, el Espíritu, dijo: “he aquí algunas ofensas con las cuales debes lidiar.” Y entonces pude ver.

El pecado nos ciega y no nos deja ver claramente. El orgullo daña nuestra sensibilidad ante el Espíritu Santo que desea ayudarnos para conocer la voluntad de Dios para nuestras vidas.  Cuando nos enfocamos en lo bien que lo estamos haciendo o en defendernos a nosotros mismos, somos desafiados a ver la verdad. A veces necesitamos orar y esperar. A veces, la búsqueda requiere pruebas. Entonces la verdad aparece claramente. Y podemos ver.

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Por Curtis Rittenour. Derecho de autor © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL © 1999.

Pesca con Arpón

17 Feb 2010 at 11:00pm

Fotografía: Michael Wood

“Vengan, síganme –les dijo Jesús–, y los haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19).

Nadaba pacíficamente alrededor de mi lago cuando mi mundo de peces fue interrumpido por un fuerte estallido de olas. Justo a mi lado, demasiado cerca para mi comodidad, pasó un bote pesquero. Se acabó mi pacífico día –habían llegado los pescadores. Llevaban arpones y reían entre ellos luciendo miradas santulonas. Uno de los hombres lanzó el primer arpón al agua, rozándome apenas.  El segundo cayó a mi costado izquierdo. Lanzándolo casi sin ningún esfuerzo, el tercer arpón tuvo el mismo efecto en mi lado derecho. Bostezando, los pescadores decidieron que habían hecho bastante por el día y comenzaron a retirarse dejando mi lago –antes pacífico–, lleno de olas manchadas con mi sangre.

Cuando Jesús pronunció el gran mandato, convirtiendo a sus discípulos en pescadores de hombres, la pesca era distinta a como es ahora. Los pescadores despertaban temprano, remaban con sus botes mar adentro y lanzaban sus redes al agua. No forzaban a los peces; en lugar de ello, esperaban pacientemente. A veces esperaban durante todo el día y la noche a que los peces entraran dentro de sus redes. Había días en que regresaban sin haber pescado nada, de manera que vivían vidas confiando en que Dios dirigiría su pesca.

Método Testificador Preferido

Actualmente, hemos hecho de la pesca en lanza nuestro método preferido. Es más fácil, más rápido y no requiere de instrucciones. Empujar a Jesús por la garganta o lanzarlo a los costados de alguien, nos parece mucho más fácil que esperar todo el día a que alguien nos pregunte si somos cristianos. Entonces, ¿cuál es el problema de tomar el arpón con nuestras propias manos? Que hemos quitado a Dios de la ecuación testificadora. En vez de creer que Dios obrará en sus vidas y los guiará a nosotros, vamos a la gente con nuestro propio método. No es debido a nuestro esfuerzo que hará que las personas tengan una relación con Cristo; es debido a Cristo mismo. No tiene que ver con cuántas horas al día oramos y leemos la Biblia; tiene que ver con el amor de Dios. Cuando tomamos el arpón con nuestras propias fuerzas, lo que hacemos a menudo es herir espiritualmente a los demás, dejándolos peor de lo que estaban antes de intervenir.

Deje la lanza a un lado y lance su red al agua. No oculte el hecho de ser cristiano, siéntase orgulloso, pero deposite ese orgullo en Cristo, no en sus propios logros. Actúe de forma distinta, sin una actitud moralista y Dios dirigirá los peces hacia usted. Luego de pescarlos, llévemos inmediatamente ante Dios. Permita que Él realice el cambio, el que se hará con el amor que, como humanos, no somos capaces de entregar. Tómelo como alguien que ha estado al otro lado del lago y que, con la ayuda de Dios, estaremos dispuestos a nadar dentro de sus redes.

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Por Raquel Levy. Derechos © 2010 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL © 1999.

Salvando a Socks

13 Feb 2010 at 11:00pm

Fotografía: Robert Byron

Socks era la perrita más tierna que alguien podría desear. Era una perrita familiar, mezcla collie y… ¡simplemente preciosa!

Rescatamos a Socks de la muerte. Habíamos estado deseando tener un perro y fuimos a la clínica veterinaria para ver a un cachorrito que habían dejado allí. Mientras observábamos al perrito, nuestros ojos se prendaron de otra cachorrita negra que se acercaba silenciosamente a nosotros. Nuestro hijo le silbó e inmediatamente ella lo miró y se nos acercó corriendo, como si hubiera nacido en nuestro patio. Nos enamoramos de ella y pensamos que nuestro encuentro fortuito no había sido por casualidad.

Cuando le preguntamos a la asistente del veterinario a quién pertenecía esa perrita, nos dijo que se había perdido y que pronto la pondrían a dormir.  No perdimos el tiempo y decidimos llevarla a casa con nosotros, ante lo cual, se sintió encantada. De hecho, Socks parecía más que dispuesta. Parecía estar sinceramente agradecida. Y así permaneció hasta el día de su muerte, hace sólo unos meses.

Gratitud Eterna

A través de su vida, ya sea ofreciéndonos su compañía de cachorrita juguetona o como una fiel y madura amiga, Socks nunca perdió de vista la gratitud que sentía de haber sido salvada. Había estado perdida, pero alguien la encontró. Había sido rechazada, pero alguien la amó. Y su dulce gratitud bendijo a nuestra familia más de lo que un perro podría comprender; estoy segura.

Cuando pienso en Socks, tal como ahora lastimosamente hago, me hago preguntas. Me pregunto cuántos de nosotros nos sentimos medianamente agradecidos de haber sido salvados como Socks. Hemos sido salvados de la muerte y se nos ha ofrecido la vida eterna. Hemos sido –por el sacrificio de Jesús–, rescatados por su propia mano de nuestro verdugo, y adoptados en la familia de Dios. Al igual que Socks, hemos estado esperando la muerte. Pero Jesús ha visto nuestra necesidad y nos ha llamado a su lado. ¿Hemos corrido hacia Él con la misma confianza que Socks corrió hacia nosotros?

Ser salvos es un regalo precioso. Socks abrazó ese regalo y nunca se olvidó de él. Es de esperar que nosotros tampoco lo olvidemos.

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

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Por Gwen Scott Simmons. Derechos © 2010 de
GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. Este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión REINA-VALERA © 1995.

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